Butan


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Monarquía situada en el sur de Asia Central, al este del Himalaya. El grupo étnico más numeroso en Bután, constituido por más del 60% de la población, es el de los bhote o bhotia, que vive mayoritariamente en el este. Los nepaleses constituyen la minoría más importante. La población total es de 2.094.176 habitantes (en 2002). Thimbu (22.000 habitantes en 1999) es la capital y la ciudad más grande. La lengua oficial es el dzongkha, un dialecto tibetano. La religión oficial es una forma lamaística de budismo Mahayana. Los monasterios abundan en Bután y el número de monjes es de unos 6.000. Aunque todos los niños tienen derecho a 11 años de educación primaria y secundaria, pocos van a la escuela. Sólo el 47,3% de la población está alfabetizada.

Vestimenta festiva de Bután

Las mujeres de Bután llevan unos decorados vestidos tejidos a mano y están cubiertas por coloridas estolas de brocado. Las leyes nacionales que preservan la cultura del país establecen que se lleve la vestimenta nacional en todo momento y en todas partes. Las prendas más elaboradas se lucen durante los festivales, como este de Paro, una ciudad del centro oeste de Bután. Mediante representaciones musicales y de danza, el festival anual Paro Tshechu celebra la incorporación de Bután al budismo gracias al maestro religioso Padmasambhava, conocido en Bután como el Gurú Rinpoche.

En Bután dicen que los truenos son los rugidos de los dragones. De ahí surge el nombre de este extraño y bellísimo reino alejado de las costumbres modernas. Nada de lo que hay allí se parece a lo que los viajeros suelen encontrar en cualquier otro lugar. Bután es una reliquia: extraña y exclusiva, una joya depositada con solemnidad a los pies del Himalaya.

Bután es una tierra de gente feliz. Cerrada al turismo de masas -apenas se aceptan unos pocos miles de visitantes al año, que deberán solicitar su visa al tiempo que organizan su viaje con alguna de las agencias de turismo locales-, las estadísticas señalan que Bután es un reino pobre, cuyo ingreso por habitante es de apenas 50 dólares. Pero la realidad visible es otra: los butaneses viven, en su gran mayoría, en el campo. Labran sus tierras, cuidan de su ganado y hasta en sus atuendos tradicionales lucen la bonanza en la que viven. El respeto al rey es absoluto; no hay mendigos, ni ancianos abandonados (pues el respeto a los mayores es total); las leyes se cumplen y la espiritualidad se palpa en el aire. Probablemente, según los mismos butaneses comentan, su confianza y amabilidad se base en que su pueblo jamás fue colonizado, lo que permitió que ellos mismos definieran su destino y modo de vida. Y, como dijo el actual monarca ante un foro internacional, el objetivo de su reinado no consiste en aumentar el producto bruto interno, sino la felicidad nacional bruta.

UN PAIS DE ENSUEÑO
Bután se emplaza en las tierras al este del Himalaya, limita al norte y noreste con el Tíbet y China y al este con la India. Parte del reino antiguamente conocido como Shangri La, este país del tamaño de Suiza, es un refugio único. Tierra de montañas, se divide en tres grandes regiones geográficas: las altas del Himalaya al norte, las colinas y los valles del centro -cubiertos por coníferas, bosques frondosos, monasterios y dzongs (fortalezas)-, y las colinas del sur -densamente pobladas por vegetación tropical y animales-, donde se practica la agricultura. Los grandes valles de Ha, Paro, Thimpu, Punakha y Wangduephodrang son tierras de cultivo. Las poblaciones se recuestan al pie de las colinas; generaciones moran allí, conviviendo en grandes casas fabricadas con tierra apisonada. Las imponentes Black Mountains, cuyos picos se elevan majestuosos hasta alcanzar los 16.000 pies, forman un asombroso límite natural entre el oeste y el centro del país.
El centro de Bután se divide en varios distritos, en los que se hablan hasta 19 diferentes dialectos. En el norte se emplaza Trongsa, el lugar donde se erigen los más impresionantes dzongs. Los cuatro valles de Bumthang, elevados a una altura de entre 8.530 y 13.000 pies, rodeados de campos pintorescos y bosques, además de sitios religiosos, son conocidos como el Corazón de Bután. El norte, a una altura superior a los 11.500 pies, es la zona de valles glaciales y prados alpinos. Allí viven los semi nómadas pastores de yaks de Lingshi, Laya and Lunana, al margen del resto de la población, y que viven del trueque y el comercio de mercancías.
Como custodias del magnífico paisaje, están las eternamente nevadas cimas de las montañas Jhomolhari, Jichu Drake y Gangkar Puensum, que alcanzan los 23.000 pies de altura.

EL REINO DE LAS MARAVILLAS
A lo largo de su historia, los butaneses han vivido en total armonía con la naturaleza, adorando las bondades de la tierra, las montañas, los bosques y los ríos. Porque allí, según sus creencias, es donde moran los dioses. Considerado uno de los 10 sitios con mayor biodiversidad del mundo, aproximadamente el 72% de sus tierras está cubierta por bosques de temperatura y especies subtropicales. Su ecosistema es hogar para las más exóticas especies del este del Himalaya. Como en un paisaje de ensueño, conviven unas 770 especies de aves, 55 especies de rododendros, unas 300 especies diferentes de plantas medicinales y proliferan, casi como una plaga, las orquídeas. Nueve parques naturales son a la vez refugio y santuario de extrañas y exóticas especies animales. El cuidado de los butaneses hacia su ambiente se ha traducido, a través del tiempo, en esfuerzos combinados entre población y gobierno para preservar su patrimonio, convirtiendo al país en uno de los pocos del mundo en el que los recursos naturales permanecen intactos. La economía del país se basa en la agricultura y la silvicultura, que proporcionan el 90% del sustento a sus habitantes.
Desde los territorios más desolados hasta las comunidades organizadas, las prácticas son las mismas: el tabaco está prohibido, como modo de preservar la pureza del aire y la salud de los habitantes; las construcciones edilicias deben respetar -aun si se trata de tiendas de comercio- la arquitectura típica. Los turistas son recibidos con la amabilidad y franqueza propias de los butaneses. Bután es, de hecho, una tierra de habitantes generosos, completos y satisfechos.

MITOS E HISTORIA
Atrás en el tiempo -algunos dicen que en el siglo 2000 a.C, otros, en el 1500- habitaron en Bután algunos hombres que habrían sido seguidores de Bon, una tradición animista malaya, que dominaba la región. Hacia el siglo VII, el rey tibetano Songtsen Gampo ordenó construir gran cantidad de templos en la tierra que luego sería Bután. Aún cuando el budismo había llegado hacia el siglo II, no fue sino hasta la primera vista de Padma Sambhava o el Guru Rinpoché -en el siglo VIII-cuando tomó verdadera presencia en el país; tiempo después se popularizaría la variedad butanesa de este culto, llamada Drukpa Kagyup.
Hacia el siglo XVI, el reino de Bután estaba fragmentado bajo la égida de diversos jefes locales. El arribo al poder de Shabdrung Ngawang Namgyal (1594-1651) terminó con la anarquía y unificó al país. Bután construyó su propia identidad cultural y religiosa; el monarca ordenó la construcción de dzongs y monasterios e ideó las costumbres y tradiciones de su pueblo. Durante los 50 años que duró su reinado, Bután fue un país sereno y próspero. A su muerte, la guerra civil oscureció los destinos de sus habitantes: durante siglos, diferentes facciones y luchas internas sembraron de conflictos los valles butaneses. En 1907, la elección de Ugyen Wangchuk -bajo la influencia británica- como el primer rey de Bután, señaló el retorno de la estabilidad política al país. A partir de su coronación se estableció la monarquía hereditaria constitucional como forma de gobierno; el actual monarca, Jigme Singye Wangchuk, es el cuarto en la línea sucesoria.

ARTE Y CULTURA
La mayoría de los butaneses viven en granjas y poblados remotos, en absoluta armonía con la naturaleza. La sociedad es igualitaria en sus apariencias: más allá del estrato social al que pertenezcan, todos visten del mismo modo. La vestimenta nacional oficial es distintiva, originaria de la época del primer Shabdrung. Finamente tejido con lanas multicolores, algodón o seda, el traje masculino se llama gho, y el femenino, kira. Sobre los vestidos suelen utilizar un toego, una suerte de chaqueta. Los atuendos se completan con medias y zapatos, o bien las tradicionales botas realizadas a mano. Todos en Bután visten utilizando las prendas reglamentarias para ocasiones formales, aun durante los horarios de trabajo. Una curiosa e ingeniosa iniciativa ha impulsado el diseño y la renovación de los vestuarios tradicionales dentro del país. Se trata de una competición, realizada todos los años, por iniciativa del Museo Textil de Bután. Esta competición estimula a los tejedores a diseñar y producir telas utilizando los colores de la temporada, con el fin de conseguir que los gho y las kiras se vuelvan más atractivos, especialmente para los más jóvenes. La carpintería, la herrería, el tejido, la escultura y la joyería -que confecciona adornos de coral, turquesa, perlas y ágata, delicada y artesanalmente engarzados en oro y plata- resultan un exótico y exquisito atractivo para los visitantes. Estas artes de transmisión milenaria continúan enseñándose en diversos institutos y escuelas del país, como modo de perpetuar las tradiciones estéticas y proveer al pequeño pero febril mercado turístico.

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